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A tu ventana en el celeste inmenso, Carmen, desde la mía en el mundo.

Querida Carmen:

No sé si recibirás esta carta, la distancia entre nosotros es larga y muy dura. No sé dónde se mandan este tipo de cartas, no encuentro ninguna dirección ni ningún sitio donde encontrarte. Bueno, sí, lo único que nos une a ti y a mí: las palabras, las letras, la conversación.

Hoy me dirijo a ti, en busca de una interlocutora, en busca de alguien que me comprenda y que esté dispuesta a acompañarme. Perdona si en algún momento me  excedo en confianza o falta de modales, pero no es la impertinencia ni el oportunismo lo que me lleva a escribir esta epístola. Además, ruego me disculpes si a esta carta le falta algo de empaque o de tiro, lo mío no es el género epistolar. Yo sólo busco un poco de compañía, de comunicación y no he encontrada mejor en mi mente que tú. Carmiña, tú me haces sentir y descubrir. Además me abres las ventanas a tus libros a ti y sin notarse. Sigilosamente me adentro y quedo inmiscuido entre tus palabras, tus tejidos de sílabas y fonemas: a veces sordos, xq sólo se leen y no se pronuncian. Pero qué grandeza tienen tus palabras. Eres la reina de la imaginación, del deseo de comunicar, de esa búsqueda sin desesperación del interlocutor.

 

¿Recuerdas Jaculatoria, Carmen? <<Me caliento en tus colores>> siempre recitaba. Que yo todavía sigo buscándole el significado a ese poema y no logro descifrarlo del todo, no consigo entenderlo completo. Pero qué musicalidad, Carmen, qué cromatismo, oye, qué… Yo también me caliento en tus colores, Carmiña, que fue verte en foto y decir <<A esta mujer debo yo conocerla>> Y mírame, aquí escribiéndote una carta que no sé si te llegará. Pero no pienses que no te conocía de antes, que tu cara ya me sonaba, tú eras Carmen Martín Gaite. Tu nombre era muy mencionado, era nombre de  renombre. Después de verte, a leerte se había dicho. Aquí, Carmen, para inter nos, que fue ver que partiste de este mundo y oye, un flechazo, me dije <<A esta mujer debo leer yo>> Y buscando y buscando, biografía y biografía hasta que encontré tu poema Jaculatoria <<Mal va al alba, amarillo al mediodía y a la noche otra vez malva>> Verso a verso, rima a rima siguiendo tu voz, Carmiña, el único rastro que me quedaba de ty viveza de tu existencia real. Fue tan cercano, te sentía viva, en tus colores, donde yo me calentaba, estrofa a estrofa. Ese día, Carmen, lloré. Ni Hernández, ya ves tú, ni Hernández me dejó así. Y mira que tiene tristeza y humanismo sus versos, pero nada oye. Nada igual. Tampoco así con Celaya, ni Otero ni Lorca, con ese sentido tan trágico que siempre se gastaba. <<Tu tristeza es la mía y en mi espejo la recojo>>. En mis oídos, Carmen, en mis oídos todo lo dejé. Tus palabrejas, como llamas serpenteantes, como columnas barrocas tan sinuosas danzaban, como bacantes obnubiladas en mi cerebro, en mi corazón. Que desde ahí ya supe que me acompañarías y mírame ahora, escribiéndote una carta. Sé que no te gusta el formato, tú siempre a lo tradicional, pero no sé a qué dirección mandártela. Con suerte mis palabras salgan del papel del que escribo para salir por mi ventana y llegar hasta la tuya.

Y siguiendo con las lecturas, comencé en novela con Retahílas. Palabras, palabras y palabras como hogueras de San Juan que van alimentando las conversaciones. La tía Eulalia, ahí, que en su sobrino veía reflejados todos sus deseos y sus miedos, por ello lo evitaba y no quería mirarlo a la cara. Ella se arrepentía siempre de no haber tenido un hijo como Germán. Y éste. cómo se parecía a la madre, que ella lo vio, lo miraba detenidamente y a soltar conversación sobre su cuñada. Que luego el pobre sobrino se emocionaba, a ver si no, primero le recuerda la foto y después habla y habla sobre todos los ratos que pasaron juntas. Lo del Barroco, Carmen, lo del Barroco, lo que me pude reír con ello y decir <<Es verdad>>. Verdad como una catedral, pero herreriana, eh, herreriana. Que las románicas es cierto que no necesitaban publicidad ni ampulosidad exterior, no eran nada superficiales, que si se quiere se entra y si no, pues no. Sencillez, sencillez ante todo, y más para un buen mensaje o diálogo. Porque <<la elocuencia no es sólo del que habla sino del que escucha>> como decías en uno de tus libros, que ya ni recuerdo el nombre, fíjate, qué cabeza la mía. Pero yo te leía, imaginaba las palabras, como estrellas en el tiempo, en el tiempo que todo lo borra, menos las palabras, pues aunque el dicho diga lo contrario, las palabras no se las lleva el viento, no. Muchas, muchas palabras, Carmen, y dirigidas en monólogos. Ahora, no creas que me costó mucho leerlos, que yo ya venía preparado d elos de Carmen Sotillo de Delibes. Qué manía con hablar con el difunto. No sé a quién se parece. Pero eso da pie a lo que tú dices <<Todo el mundo busca un interlocutor>>.

Y terminadas las Retahílas, me adentre Entre visillos, echando un vistazo. Un vistazo que me llegó, todo sea dicho. Fue leer tres páginas, agarradito a la ventana literaria, Carmen, la ventana a otro mundo que nosotros conocemos, y quedarme enganchado en el quicio de tu libro. Imaginación, realismo y sobre todo, naturalidad. Naturalidad como el pino que huele a pino. Que Julia se mordió el padrastro, ahí con toda la llorera, e imaginármelo todo como en una película. Y cómo hablaban entre las amigas, que me daban ganas de meter conversación, o servirme un café entre desayunos, o un acopa en el Casino. Pero quien me llamó la atención, fue esa Elvira, que me hubiera gustado conocerla de cerca y hablar también con ella. De su relación con Emilio y con ese profesor de alemán, que no termino de imaginármelo del todo, físicamente quiero decir. Qué buena pareja hacían Emilio y ella, aunque estaba claro cómo iba a terminar todo eso.

Y cuando engullí, poseso y apenado por que se terminaba, las últimas páginas, me dije, esta mujer, por ti, Carmen, necesita un homenaje de mi parte. Sé que yo no soy nada ni nadie para destacar un homenaje, pero al menos en la Gaceta de mis amigos y mía, podría hacerte un huequito. Ya lo hice con Jaculatoria, <<Un rinconcito para Carmen Martín Gaite>> titulé aquella entrada. Así que te haré un homenaje. Haré a un homenaje a ésa que tomo hoy como mi madrina literaria, si no te importa, Carmen. Porque yo he descubierto mucho contigo, me he divertido mucho y he caminado literariamente de tu mano. Ahora quiero un camino más largo, un camino bajo tu compañía de por vida. Quiero que me arropes en los momentos buenos y malos y que me guíes allí donde estés. Porque sé que desde tu ventana, mientras mires al horizonte, siempre habrá un huequecito para los dos, siempre quedará una silla vacía para un interlocutor que te escuche y hable.

Entiéndeme, Carmiña, yo no quiero oportunismo ni victorias, ni regodearme por escogerte como compañera. Sólo te busco, no por ser quien fuiste, quien eres a lo lejos, sino por todo lo que me has dado en lo poco que estoy a tu lado, en lo poco que te he leído y conocido. Pero esto parece una mistad, una cercanía de muchos años. Nada malo tengo que decir de ti, supongo que tú tampoco de mí, aunque no me conozcas. Sé que puedes ser una buena maestra para mis poemas, para todo aquello mío que lleve lápiz y papel. Sé que no me abandonarás porque hasta eres buena para la vida. Sí, vida, Carmen. Vida marcada por lo de tu hija, tu separación con Ferlosio y después, tu enfermedad, la que te llevó a esa ventana a donde te escribo. No creas que no sé lo que es eso, que mi abuela tuvo lo mismo y se marchó allí, a su ventana en el cielo. Espero que la conozcas y que te hable con orgullo de su nieto, de tu ahijado que hoy aquí tienes disponible. Hoy y siempre.

De mi abuela no supe mucho, era muy pequeño cuando todo pasó. De ti tampoco, Carmen, el tiempo maldijo el conocerte. Yo nací tarde y tú te marchaste pronto. Pero, día a día, voy escalando un peldaño más hacia tu ventana, hacia el celeste inmenso, para verte, para hablarte, para soñar y envolverme en tus retahílas. Dispuesto siempre, sí, Carmiña que <<en tiempos de incertidumbre, arde también en su lumbre>> la alegría de las palabras, una parlante muda que acompaña a la lengua. Y aquí estaré, de lengua o mano para hablarte, para olvidar el tiempo y quemar nuestras cartas encima de la silla, en las hogueras y las llamas fatuas de nuestras palabras. Aquí estoy, Carmiña, pero hazme un favor. Estés donde estés, Carmiña, por favor. <<No te mueras todavía>>.

Firmado:
Néstor Sánchez de Toro.
Madrid, 18/06/2012.
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   Nada más quedaba en la cabeza de Anabel que cuatro recuerdos vagos y una preocupación. De lo primero nada se advierte, la muchacha siempre lo caya; de lo segundo, todo, pero la intimidad es superior a la redacción de este relato y por ende, nos lo reservamos. Pero aquello de lo que sí podemos hablar es de su rostro. La joven Anabel poseía unos dulces y tiernos pómulos camaleónicos; ora blancos, ora rosados. Su nariz, respingona y menuda parecía buscar refugio del mundo en su cráneo y sus almendrados ojos negros, de raza pura y fiera tomaban el espacio con sensualidad que la nariz abandonaba por timidez. Estos ojos, reposaban entre dos disimulados arcos de hueso forrado donde algún día descansaban unas cejas ya debilitadas por el maquillaje. Cejas de pelo fino y trasparente que pasaban a segundo plano para otorgarle todo el protagonismo a la mirada de la mujer. Seguida, una frente, plaza de los rayos primaverales y vegas por donde unos surcos poco marcados duermen horizontalmente esperando la vejez. Si bien sabemos, sus cabellos son rizos de color moreno o más bien dicho azabache que danzan al son de los caminos de aquella seductora granadina, heredera de sangre de la media luna y exótica como el desierto mismo.
Pero su origen no la libraba de nada de lo que ese día sucedía y menos aún, de sus preocupaciones.

   La madrugada entrando en la casa de la noche le ponía más rabiosa y nerviosa. No podía soportar el mirar el reloj, que mataba el tiempo con el estrepitoso ruido de las manecillas meciéndose las unas a las otras. Permanecía agitada, inquieta. Caminaba de un lado para otro y de éste para otro más allá del salón e incluso cruzaba a la cocina para corroborar que el reloj inhumano estaba en la hora correcta. Visto que así era, se enfurecía más y más; el tiempo pasaba y Manuel no llegaba. Entretanto, colocaba una silla enfrente del zaguán y se sentaba, después la ponía de nuevo en sus sitio, continuaba su ruta de quebraderos y vueltas y volvía a colocar la silla con los ojos, tanto los del mueble como los de ella, orientados a la puerta. Miraba fijamente la cancela, pretendiendo escabullirse del odioso ruidito del reloj infernal, concretamente, fijaba sus pupilas en el manillar para advertir si éste se movía; una señal de que su marido habría llegado. Pero nada. Por fin, decidió restablecer el asiento en su lugar y se dirigió a la cocina de nuevo, allí tomó un vaso de agua para calmar su sed. Posiblemente sería la última vez que lo haría bajo ese techo, ya no aguantaba más. No soportaba tener que esperar a su esposo en la bien entrada noche mientras él se divertía en cualquier rincón de mala muerte bebiendo, fumando y quizá apostando dinero a las cartas. Y menos todavía el tener que aguantar como “el marrano”, según ella, se ahogaba con las flemas y las toses mientras dormían, provocadas por la buena vida que llevaba. Y aunque los hábitos no fuesen realmente como los de un gorrino, sus gestos lo hacían parecerse a tal criatura de Dios. Estaba bastante entrado en carnes, tanto es así que con él se podría cebar todo un corral durante un mes. Además, era muy común en su especie animalada, rascarse la entrepierna como si le llevase la vida en ello y qué menos que las perlas que lanzaba a la mujeres, entre las menos apreciadas su esposa Anabel. Pero ésta, como cualquier mujer de mediados del siglo XIX que tuviese la inmensa desgracia de tener que lidiar con semejante jamelgo, aprendió a quererle. Fue de hecho cuando sufrió un infarto casi mortal, tres años atrás, cuando pensó que lo perdería y la posibilidad de que eso sucediera le helaba la sangre, porque aunque muchas veces deseaba no haberle conocido, él era su “cerdito” del alma, en el fondo lo quería.

   Pero siguiendo con el relato, he de decir, que la mujer pasó buen rato sorbiendo el agua del vaso mientras miraba por la ventana acortinada de la cocina. En aquél intento de parecer portera, observó una luz en el vecindario encendida y tras de sí, una mujer; seguramente otra sufridora de un sambenito más. Mas aquella tendría mejor suerte aquella noche, podría dormir tranquila en su cama. Y acto seguido, apenas terminado el agua del cristal, sonó la puerta. Anabel dejó el vaso en la encimera y partió para ver a su marido. Estaba ebrio, como de costumbre y se meneaba con movimientos sinuosos típicos de un borracho a las dos de la madrugada.

   —Ya era hora, Manuel—advirtió ella—. ¿No crees que ya eres mayorcito como para que tengan que cuidar de ti? ¡Mírate, estás borracho! ¡Qué asco me das!—con aires de desprecio. Incluso subió sus carnosos labios carmín para dejar ver sus perfectos dientes blancos.
   —¡Déhammme enne paz¡—tenía la mirada perdida, la lengua, todavía seguía en la taberna—. ¡Veeete aa me…me…terte con ttu rrmana! ¡Seg…gu…guro que ya ha venido…do a mo…molestar!—la hermana de Anabel, Rosa, solía venir cuando ésta la llamaba preocupada por el paradero de su esposo. La ya madura Rosa, conocedora de los hombres y de sus artimañas, tenía clavado a Manuel entre los ojos. Ya sabía de qué pie cojeaba y era muy común, que cuando las hermanas se reunían, que Manuel, sabiendo de la animadversión que tenía su cuñada por él, la tomase con Anabel por haber visitado a quién él llamaba “bruja asnada”.
   —¡Basta ya de hablar siempre de mi hermana! ¡Ella no pinta nada aquí!—enfurecida, se acercó a Manuel y le mantuvo la mirada, ella, al ver que no podía establecer ningún nexos de pupilas sin que él no cerrase los ojos, estalló de nuevo—. Ella tiene razón. ¡Eres un cerdo y un borracho! ¡Mírate! ¡Apestas a coñac y a tabaco y llevas semanas sin lavarte! ¡A saber con qué pelandruscas habrás estado esta noche!
   —Con cualquiera menos contigo—Anabel no podía más, empezó a golpearle en el pecho como si quisiera atravesárselo, pero era inútil semejante acto con tan magna mole de carne animada. Manuel, en su borrachera y giros de cabeza y cuerpo, todavía recordaba a su cuñada. Los sentimientos de odio y asco hacia ella, le ponían nervioso, le enfurecían. Sólo con imaginársela, se despertaban sus instintos más fieros y su alma se escapaba al infierno. La tensión iba aumentando y la cosa cada vez se complicaba más y más. Finalmente dirigió su mirada a Anabel  y al verla cómo intentaba atentar contra él, cerró los ojos, cuando los volvió a abrir, pensó que su cuñada estaba enfrente. Entonces, se produjo el peor sino para Anabel.
   
   Manuel la golpeó con tan desconsiderada fuerza que la tiró de inmediato al suelo. Ella, bloqueada, palpó su tímida nariz, estaba sangrando. Él, en cambio, no hizo más que mirarla, pero no con los mismos ojos de siempre, sino con aquellos de odio y repulsión. Por un momento le gustó verla ahí humillada mientras creía que era Rosa la que derramaba gotas de sangre en el suelo. Pero no quedó a gusto y fue de nuevo a por ella. Ésta, atemorizada, huía hacia atrás, arrastrándose por el enlosado mientras con negaciones de cabeza pedía clemencia y perdón, no sabía por qué ese comportamiento de su esposo, al que, al fin y al cabo, amaba en lo más profundo de su corazón. Manuel la cogió del pelo con la mano derecha, soltó la chaqueta de la izquierda y con ésta agarró su brazo izquierdo para bloquearla. Se dirigió en línea recta a la cocina, que tenía la puerta abierta y allí la tiró al suelo. Pensó él en coger un cuchillo, pero quería hacerla sufrir y por eso comenzó a golpearla con manos, pies y rodillas. Arañó, mordió y no paró de machacar poco a poco a su mujer. Estaba loco de ira hacia quien creía estar matando. Tal era la fuerza que ponía que rompió huesos y vestido, además, terminó perforando la piel con sus mandíbulas consumidas por el alcohol y el tabaco.
Anabel, asustada se levantó como pudo, agarrándose a la encimera para tomar algo con que defenderse, pero ante tal actuación, Manuel agarró la cabeza de la mujer y la estampó una y otra vez contra la encimera. Dos, cinco y hasta nueve veces. Finalmente, la mujer agitó su brazo y cayó al suelo. Con ella, el vaso que había saciado por última vez su sed. 

   Así, la última gota de agua se fundía con el último aliento de una mujer y con la sangre contaminada por el odio de un hombre. El vaso, quedó entero, totalmente contrario a cómo yacía Anabel. Manuel, sin dar cuenta de quién era realmente ella, se dirigió al salón, cogió su chaqueta del suelo, encendió un cigarrillo que había guardado en un paquete del bolsillo derecho del abrigo y se marchó de casa. Ya había terminado su trabajo. Al unísono del portazo en la entrada, se produjo un silencio. Un silencio roto por la agonía de una mujer moribunda en la cocina, que con un último aliento ahogado en sangre, exclamó: “Perdóname”.

Néstor.

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TE miré. Te miré y ayer delicada parecías 
quedar relajada. Y firme, dulce, tierna y serena 
sin atisbo ni argento esquema de las miserias 
que asolaren la delicada miel de tu tez morena. 
Ni pensabas. Ni tu decaimiento manifestabas 
con la sensación amarga, harta ya del temor,  
cuando tus huesos en níveo-sombrío polvo flagelabas  
con el arrastre de tantos años de dolor. 
En vejez de súbito te tornas sin conciencia 
y sin voluntad tus arrugas sentidas dibujas, 
y a la par cobijas miradas con otra ciencia, 
y tus párpados, cansados ya, los ojos estrujan. 
Te pierdes en el tiempo y de ti, así después, no queda 
más nada. Sólo vestido y huesos en una caja 
de rasgado pino. Sin rosas ni estimada seda. 
Sólo, entre tierras fértiles, sangre de migaja. 
Y así espero, y siento. Deseo no terminar 
de polvo saco sin aliento, sin dulce esperanza; 
Pues mientras quede en la carne vida, es el amar 
 la espera, necesaria condición en dicha andanza. 
Porque ayer lo eras
todo y hoy no eres nada.
¿Mañana?
Dios dirá qué será de ti mañana.
Me miro. Me miro abundando en provecho y acierto 
En la diana del camino de esta la mía vida 
y sin pensarlo ahogo las horas de mi aliento; 
me consumo. Mi voz se arranca y mi füerza fina 
se torna. Mas nada ya preocupa a mi ser entendido 
que la plena vida vivida. Y sin resignación 
a algo efímero debida, levanto decidido 
mi pecho. Pero algö a mí, duda y exaltación 
me provoca: La tierra aplasta mis hüesos que 
sin movimiento ni aire, polvo sucio respiran 
aquí o allá en otro mundo. Y así, summo gradude 
mi muerte tomo conciencia con gusanos que me miran. 
Porque ayer lo era yo
todo y hoy soy más de nada.
¿Mañana?
Dios dirá qué será de mí mañana.
Le observo. Le observo intentando alcanzar su rostro, 
pero una mala criatura lo devoró al fin. 
No dejó huesos ni alma, ni facha; sólo monstruo 
del futuro aterrado por la muerte. Y él sin 
firma ni nombre al olvido queda castigado. 
Beberá sangre de polvo y su éxito en la niebla 
se esfumará. Más de nada en su epitafio clavado 
queda. Ni rostro ni facha, simplemente piedra. 
Porque era ayer él
todo y hoy, poco de nada.
¿Mañana?
Dios dirá que será de él mañana.
Y terminado todo, en el corazón todavía 
una luciérnaga encendida continúa allí. 
¿Será la esperanza ésta? ¿O simple majadería? 
Lo primero fue verdadero, lo segundo pereció 
con el aliento del cadáver de sombra y tiniebla. 
Porque ayer éramos
todo y hoy sólo queda la esperanza.
¿Mañana?
Dios dirá que será de nosotros mañana.

 Néstor, Poeta a los 18, Luces de Esperanza:  II luz de esperanza.

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Prólogo
Corrían las llamas enfurecidas por el contorno de aquél amasijo adornado de madera y pasta de papel de tal forma, que parecía buscar un agujero para abrasar las entrañas de la figura caricaturesca. Los dedos quedaban ennegrecidos por el rastro de la combustión y abrigados por el dulce color caramelo de la seña del infierno. Está, en gran cantidad y abundancia se contonean poco a poco como bailarinas sensuales al son de la música del tiempo. Ora contoneándose, ora rotando. Y a dicho baile del demonio le seguían las miradas fijas de los espectadores y alguna que otra lágrima desbordada por la emoción que suponía tanta belleza en aquel juego de luces y formas serpenteantes.
Como era de imaginar, la plaza estaba a oscuras, sólo la fuerza del fuego alumbraba dicho espacio. Y era tal la fuerza de ése que el enclave se convirtió por una noche en una puerta al Averno. Sólo faltaba la laguna de Caronte estigio, o el triple aliento del Cancerbero. Por lo demás, todo estaba allí. Había montes y valles representadas por las construcciones colosales, le seguía la oscuridad de las tinieblas y la luz del fuego verdugo, se le suman las almas expectantes y algunas otras que lloran y se lamentan y como no, estaban presentes además los pequeños diablos y las quimeras, que con sus artimañas prendían fuego a los montes donde terminaban ardiendo los pecadores, sustituidos en aquella plaza por las figuras de papel de dichas construcciones.
Aquellas figuras, algunas mirando el cielo, parecían soñar con agonía salir de aquel entramado de maderas y varillas para salvarse del fuego. Pero era inútil el conato, pues estaban tan bien sujetas así como les faltaba la vida. Y todo esto sin detallar cómo a muchas de ellas carecían de alguna parte del cuerpo, sea piernas, sea brazos, cabeza o algún trozo del cuerpo. Todo ello provocado por la genialidad de su hacedor quien con empeño y maestría diseño un escenario de colores y formas donde éstas últimas se superponían unas encima de otras sin dejar espacio a la vista.
Por otro lado, mientras seguíamos con el hilo del relato, el fuego se agitaba en mayor grado y con más virulencia. Tanto es así que algunas de las figuras más pequeñas quedaban sin rostro y ya se podía apreciar, relleno de llamas, sus entrañas menudas donde vivían escondidos sus huesos hechos con restos de árboles. Y sin que sirva de precedente, ha sucedido hasta ahora que una u otra figura, de también poco peso, tamaño y consistencia, se ha desplomado por el ataque del fuego: Otra alma sucumbida por las llamas del infierno, otro espíritu ahogado en el calor del mal, otro ser desaparecido, otro ente que existió y deja de existir en este momento.
¡Qué fugaz es la vida que mientras estamos aquí narrando y leyendo, se lleva la existencia de las almas del mundo! Y seguramente no sólo las de aquellas figuras son las que desaparecen. Pero no nos pongamos melancólicos y tristes y miremos para otro lado, volvamos con nuestra historia.
Mientras las brasas engullían las cicas representaciones inertes, los espectadores continuaban con la mirada fija tras una línea imaginaria creada por la agrupación en rededor del centro infernal, por los encargados de la cremación. Había personas de todo tipo: ancianos, niños, jóvenes y no tan jóvenes, altos, bajos ayudados por banquetas o bordillos, hombres y mujeres engalanados o de ropa cotidiana, otras con vestimenta del pueblo y hasta se reservaba el derecho de asistir a gentes que portaban en sus brazos tanto infantes como algún animalillo; unos perros, otros gatos.
Lo que sí tenían muchos de ellos en común eran las lágrimas. Como ya dije antes, unos lloraban por emoción, pero otros, lo hacían porque el fuego les secaba los ojos y porque los vapores y humillo de la falla, les cegaba la vista. Esto último estaba presente en mayor grado, en los individuos de las primeras filas, que debido al peligro del fuego, eran mayormente hombres y mujeres adultos o ancianos, no había muchos niños y si los había, estaban sujetos por sus acompañantes responsables.
 Pero si nos introducimos en la masa de gente, aparte de que nos mirarían por interrumpir su concentración a medida que avanzamos en profundidad, podríamos percibir a un joven hombre, de unos cuarenta años, con su hija, que ante la violencia de la escena, semejante a un auto de fe inquisitorial, oprimía el muslo derecho de su padre con su cabeza con intención de refugiarse del terror. El hombre, engalanado con levita negra y traje y pelo bien adecentado así como barba abetunada y recortada a más no poder, como acariciase los dulces cabellos de su hermosa hija en un intento de calmarla y mostrarla su protección, observaba con ojos abiertos de par en par el espectáculo. En sus ojos, una lágrima terminó cayendo acompañada de un semblante serio, incluso ahogado de rabia y borracho de impotencia. A este semblante pasajero, se le sumaba el rostro permanente de un joven y hermoso muchacho, entrado ya en años, con su nariz menuda y redonda, labios carnosos y rojizos, pómulos perdonados por el paso del tiempo y frente tersa y cubierta por bucles abiertos de su cabello. Pelo negro azabache natural, a juego con la barba teñida artificialmente, Ojos azules penetrantes que parecían abrir las puertas al cielo en medio de aquel infierno que era la falla.
En su corazón, un sentimiento punzante y agudo, lo mismo que un pensamiento y recuerdo amargo y tortuoso en su mente y una imagen infernal en sus ojos. Unos ojos que ya vivieron anteriormente una escena así, pero con almas de verdad….
CONTINUARÁ
Néstor, Luces del pasado, prólogo.

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Carnosa y hermosa rosa
de mis adentros, flor
de hastío y de gusto, caprichosa
mundana de color
amorío y sentido.
Fino nervio, esperanza sena
de lágrimas. Ponto
claro de mi infinita escena
en luces y sueño
viertes el esperpento
de la misma risa, del mismo
sol que te da vida
y cebo. ¡Oh, tú, que sin atisbo
hurgas la herida
de mis días! Timón
de travesía inconstante
suelta ya las velas
de estotro navío errante
que vaga sin penas
por la playa de mi vida.
 Y así bebo de la espera
agua de primaveras
Encalla el marinero inútil
que sorbe intento
mudo de ciega y sutil
esperanza. Miento
cada noche a mi espíritu
para verte al alba calmada
y no estás. Y vas
moribunda de rabia alada.
Y caes. Y das
luto a la muerte inhumana
Si no estás, rosa carnosa
y hermosa, me falta
en mi habla y mis ganas flojas
la luz de tu puerto
la luz de mi esperanza.
Y así bebo de la espera
agua de primaveras.

Néstor. Poeta a los 18: Luz de esperanza nº 1

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